Nos tocó misionar este invierno en el 28, lugar al que ya habíamos ido el año pasado. Lugar lleno de alegría y  grandes recuerdos.

Ni bien salimos ya se podía percibir un aire distinto, podíamos ver como todos con ansias y emoción, acompañados de algunos miedos, subíamos al colectivo en el cual pasaríamos las próximas 18 horas. Llegamos a Tres Isletas cansados y con ganas de estar cada uno a su escuelita. Fuimos los anteúltimos en irnos, situación que nos provocaba más ansias y emoción por llegar. Cuando al fin nos subimos al camión fue una locura. 27 personas viajando en un camión tratando de no caernos y soportando la tierra en la cara, aun así sonriendo y riéndonos de la situación. 

Pudimos llegar alrededor de las 6 a la escuelita y empezamos descargar todos los bolsos y las cajas, al igual que los bidones de agua. Nos dimos cuenta que, desgraciadamente, varios de los bidones se habían pinchado,  empapando muchos de los bolsos que llevábamos. Una desgracia, sí, pero eso no iba a impedir que empecemos con ganas nuestra semana en aquel recóndito lugar. 

A medida que fueron pasando los días, pudimos reconocer nuestras fortalezas y debilidades, y así, mejorando día a día, pudimos misionar al 100% este lote. 

Llegamos a muchas casas que nunca habían sido visitadas, lo cual se dio gracias a la ayuda de miembros de la comunidad que nos dieron una mano para dibujar un mapa del lugar. Pudimos conocer a mucha gente nueva que no tardaron más de un día en formar parte de esta locura que íbamos a compartir. Conociendo más el pueblo y a nosotros mismos nos dimos cuenta de que no hay una sola forma de misionar sino que cada uno tiene su propio estilo. Misionar no es solo salir  a compartir la Palabra de Dios sino también es compartir un mate, una charla. Misionar es poder jugas con los niños sin cansarte, es poder comer torta frita aunque no te guste, es despertarte con frio pero también con una sonrisa. 

Día a día fuimos comprendiendo más que la Fe se vive y no solo se habla, que el Jesús en el que nosotros creemos se encuentra en lo más pequeño y simple de la vida. A lo largo de la misión pudimos darnos cuenta que la gente del pueblo necesitaba de nosotros al igual que nosotros de ellos, nos dimos cuenta que éramos un equipo. Éramos mucho más que eso, éramos una gran familia.

Amancay Vera

Eduardo del Piano

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