La misa vespertina del sábado 10 de junio reunió a la comunidad del Colegio Champagnat en torno a la misma mesa, para participar en la fiesta de San Marcelino Champagnat.

 

Este año la celebración tuvo un cariz muy especial ya que conmemoramos los 200 años de la fundación de la Congregación Marista.

Juntos, Hermanos y laicos, dimos gracias al Señor por el don de la fraternidad que nos regaló por medio de San Marcelino.

El Nuncio Apostólico, Mons. Emil Paul Tscherrig presidió la Celebración Eucarística acompañado por los sacerdotes Juan Cruz Villalón, Domingo Krpan y el P. Andrés del Colegio San Marón.

Finalizada la Comunión, el Nuncio Apostólico bendijo la nueva estatua de San Marcelino (copia de la que se encuentra en la Basílica de Luján), realizada por el escultor Antonio Oriana y cromatizada por la Lic. Teresa Cevallos). Esta imagen muestra a San Marcelino acompañado de un niño con un libro, representando la importancia que los niños y la educación tenían en la vida de San Marcelino. La portada de dicho libro tiene el monograma del Colegio Champagnat, para hacer presente el cuidado que el Buen Padre Marcelino tiene sobre nuestros alumnos. La mano derecha del Santo, está apoyada en un pico, con el objeto de evocar la fortaleza de Marcelino quien rompió la roca que impedía construir la casa de L’Hermitage. Él nos enseña a romper las rocas que nos impiden construir espacios de crecimiento y fraternidad.

Un momento especialmente emotivo fue la despedida del Hno. José Diez Villacorta quien, después de 40 años de trabajo en el Colegio, ha sido trasladado a la Comunidad Marista de la Villa San José, Luján. Como símbolo de una vida entregada al servicio de la escuela, el Hno José ofreció flores a Nuestra Señora, mientras la asamblea cantaba el “Venid y vamos todos” y lo aplaudía fervorosamente, abrazándolo a la distancia.

Agradecemos a las autoridades, docentes, familias y amigos su participación en esa ceremonia, y hacemos especial mención al Coro “Hno Javier”, que con tanto cariño nos acompañó con el canto y la música.

 

 

Homilía del Nuncio Apostolico

 

Hermano Ángel Darío Duples, Director General

Profesores, colaboradores de este Colegio, Queridos estudiantes y familias, Hermanas y hermanos en Cristo:

Hace dos años hemos celebrado en este mismo lugar el primer centenario de este Colegio. Esta noche nos hemos reunido para conmemorar el primer bicentenario de la fundación, en 1817, en la aldea de la Valla, de los “Hermanitos de María”. En el Seminario Mayor de Lyon, donde San Marcelino José Benito Champagnat tuvo por compañeros, entre otros, a Juan María Vianney, futuro Cura de Ars, y a Juan Claudio Colin, que más tarde será el fundador de los Padres Maristas, formó con otros seminaristas un grupo cuyo proyecto fue fundar una congregación con la finalidad de recristianizar la sociedad civil. Recordamos que Marcelino nació en el momento en el cual estalló la Revolución francesa. Era por lo tanto un período difícil para la Iglesia y la sociedad. Conmovido por la miseria cultural y espiritual de los niños en los pueblos, Marcelino sintió la urgencia de crear dentro su grupo de amigos una congregación que se dedicara a la educación cristiana de la juventud. Decía con frecuencia: “No puedo ver un niño sin sentir el deseo de decirle cuanto le ama Jesucristo”.
Ya coadjutor de una parroquia rural, quedó profundamente conmovido al encontrar un joven de 17 años que estaba a punto de morir y que no conocía nada de Dios. Este hecho lo mueve a poner en práctica su idea de fundar un grupo de maestros dedicado a la instrucción cristiana de los niños del campo. Así, el 2 de enero de 1817, sólo 6 meses después de su nombramiento a la parroquia de la Valla, Marcelino, de 27 años de edad, reúne sus primeros discípulos. Con este acto nacía, en medio de la mayor pobreza, humildad y confianza en Dios, la Congregación de los Hermanos Maristas, que el Santo puso bajo de protección de la Santísima Virgen. San Marcelino murió a la edad de 51 años el 6 de junio de 1840, dejando a sus hermanos este precioso mensaje: “Que no haya entre vosotros más que un solo corazón y un mismo espíritu. Que se pueda decir de los Hermanitos de María, como de los primeros cristianos, mirad cómo se aman”. En verdad, este es el espíritu que Jesús dejó a sus discípulos, que se caracterizaba por la oración común, junto con María la Madre de Jesús, la unidad de una familia y la comunión de los bienes (cfr. He 2, 44-47).
La escuela según San Marcelino debe ser una familia. Lo que debe reinar en una familia es el amor mutuo, el respeto y la voluntad de compartir el tiempo, practicar la solidaridad, acudir a los miembros más débiles y necesitados y sentirse corresponsables de la escuela como si se tratara de su propia familia. Este es el espíritu que San Marcelino pidió transmitir a través de sus escuelas. Él quiso que el niño pobre pueda “ocupar un puesto en la escuela, no según su condición y fortuna, sino según su capacidad. Podrá, si sus actitudes se lo permiten, seguir todos los grados, competir con el rico, ocupar un puesto a su lado y aún sobrepasarle”. Esta es una enseñanza verdaderamente revolucionaria para su tiempo y vale también para el nuestro. Además, la escuela-familia para el santo Fundador no era un lugar donde se transmite simplemente conocimientos de materias, sino aquella sabiduría que hace brotar ríos (cfr. Si 24, 30-34) y que tiene su manantial en el amor que el maestro da al alumno y que, según san Marcelino, “supone la entrega absoluta a su formación y el uso de cuantos medios pueda sugerir un entusiasmo habilidoso para infundirles la piedad y la virtud”.
Para educar como padres y maestros Jesús nos pide adoptar el espíritu de niños y la solicitud para con los débiles (Mt 18, 1-10). Él exalta la grandeza de los pequeños para contener los sentimientos de superioridad. Esta no es solamente una actitud que debe prevalecer en nuestras relaciones humanas y familiares, sino también en la noble tarea de la educación. En el reino de los cielos, esto es en la sociedad cristiana, la verdadera grandeza está en la pequeñez, así como la verdadera riqueza se encuentra en la pobreza, es decir en el amor que es respeto y servicio por los demás. Ello requiere una conversión. La palabra que San Mateo usa en su evangelio se traduce como “volver atrás”. Jesús nos invita a volver atrás en los años para retomar las buenas actitudes de la niñez como la simplicidad, la humildad, el respeto y la docilidad. Así seremos ante todo maestros de vida y se cumplirá lo que san Marcelino pide de sus hermanos, cuando indica el propósito de su vocación y el porqué de su Instituto como “Darle a conocer a Jesucristo y hacerle amar”.
El Evangelio habla también del escándalo. La palabra escándalo, se relaciona espontáneamente a los abusos sexuales cometidos contra menores. El Papa Francisco escribe sobre este horrible crimen: “El abuso sexual de los niños se torna todavía más escandaloso cuando ocurre en los lugares donde deben ser protegidos, particularmente en la familias y en las escuelas y en las comunidades e instituciones cristianas” (Amoris Laetitia, 45). El evangelista Mateo es muy realista cuando escribe que es inevitable que los escándalos existan a causa del pecado y de la corrupción humana, pero concluye: “¡ay de aquel que los causa!” (Mt 18, 7). Pero los pequeños, a los que hace mención el Evangelio, son también los discípulos de Jesús y los que lo siguen con sinceridad y humildad. Dar causa de escándalo a estos pequeños desviándolos de la recta conducta es igualmente un crimen y merece las penas indicadas por el Evangelio. Y de verdad, causamos escándalo a los jóvenes con nuestras incoherencias de vida y la tibieza de nuestro testimonio cristiano. Como adultos y padres escandalizamos a los jóvenes al pretender ser buenos católicos pero sin practicar la fe, por nuestras infidelidades y el incumplimiento de nuestras responsabilidades familiares y civiles. Pero lo más lamentable, es que por nuestra conducta, acciones o actitudes, provoquemos que niños y adultos pierdan la fe en Jesucristo y con ello se alejen de Dios y de la Vida.
Construyamos por lo tanto familias y escuelas donde los jóvenes estén protegidos y donde, por nuestro testimonio de vida, puedan también crecer y madurar en la fe cristiana. ¿De qué nos sirve ganar todo el mundo, si finalmente perdemos lo único que cuenta para nuestro futuro y nuestra felicidad, es decir a Jesús? Pero a Jesús no lo encontramos solamente en la Biblia y los sacramentos, sino en cada materia que estudiamos o enseñamos. En todas las cosas, sea la matemática, la biología, la ingeniería, la arquitectura o lo que sea, encontramos siempre las huellas del espíritu de Dios que podemos seguir, comprender y contemplar con nuestro espíritu o inteligencia humana. Por eso, la fe nunca puede ser una realidad separada de las disciplinas académicas, sino parte integrante de nuestro camino de profesores y alumnos, porque en todo encontramos a Dios que se revela a nuestra razón en la contemplación de lo creado y en la búsqueda de la verdad. De hecho, San Juan, en las primeras páginas de su Evangelio, da a Jesús Hijo de Dios el nombre de Logos, una palabra usada por los filósofos griegos para indicar: palabra en cuanto meditada, reflexionada y razonada, razón, razonamiento, o el ser y la esencia de las cosas.
Queridos hermanos, en 1830 el santo Marcelino ha escrito al hermano Bartolomé: …”sé que tiene muchos niños; en consecuencia tendrá muchos imitadores de sus virtudes, porque viéndole a usted, se forman los niños, y siguiendo sus ejemplos, no dejan de regular su conducta. ¡Qué importante es su tarea! ¡Qué sublime! Está de continuo entre aquellos con quienes Jesús tenía su delicia, ya que prohibía expresamente a sus discípulos que impidieran a los niños acercársele. Y usted, querido amigo, no sólo no quiere impedírselo, sino que hace todo lo posible para conducirlos a Él”. Y el Papa Francisco agregaría: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso” (EG, 3).
Queridos hermanos de María, profesores, asistentes y colaboradores: en nombre del Papa Francisco les agradezco su fiel empeño cotidiano en la educación de los jóvenes que sus padres han confiado en sus manos. Hacer memoria del pasado y de todo el bien que a través de la noble labor de los Hermanos Maristas ha entrado en este país es también una invitación a enfrentar todos juntos el futuro. El mundo está cambiando rápidamente y se prepara a una nueva revolución tecnológica que es desde ahora un gran desafío para la educación en general y la escuela católica en particular. Como su santo fundador, se trata de ser una vez más pioneros, hombres y mujeres que con lucidez, inteligencia y coraje preparen a los jóvenes de hoy para los tiempos nuevos. Puede ser que robots y maquinas sofisticadas nos ayuden y en muchos lugares sustituyan el trabajo del hombre, pero siempre necesitaremos hombres y mujeres que nos anuncien el amor infinito de Dios por la humanidad y su misericordia para con nosotros para no quedar sin esperanza y sin futuro. Que la Congregación de los Hermanos Maristas continúen acompañando a nuestros jóvenes en este camino y les hagan descubrir, en todas las materias enseñadas, las huellas amorosas de nuestro Señor y Redentor. Feliz bicentenario, y que San Marcelino, intercede por nosotros ante María Santísima, nuestra Madre, para que nos proteja y nos conduzca a su Hijo. Así sea. Amén.

 

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