Está en el ser humano creer que, después de mucho hacer algo, uno se acostumbra a lo que significa, lo que genera, lo que involucra. Después de misionar tantas veces, creí que ya lo había visto todo, que ya no había nada nuevo, que me había acostumbrado a hacer y sentir, y me sentía cómodo y pleno en ese estar acostumbrado a ser misionero.

Dios funciona distinto.

Incluso después de tanto tiempo, incluso en un grupo de parajes perdidos en el medio del monte santiagueño, incluso con muy poco planeado y sin mucha idea, incluso con el calor sofocante de Octubre, el Santo Huayra (viento en quechua) renueva, Dios hace nuevas todas las cosas. Incluso acostumbrados a ser misioneros, Jesús nos regaló la sorpresa.

Aprovechando el fin de semana largo de octubre 6 miembros del Grupo Misionero Hermano Amelio (que me gusta llamar el GM) nos encaminamos en lo que terminaría siendo una aventura misionera a los parajes rurales de Campo Gallo, Santiago del Estero. Allí nos esperaba Juan Ignacio Liébana (escritor de Bautizado por el Monte, que aprovechamos como herramienta para rezar) para llevarnos a conocer algunos de los parajes rurales que se encuentran a los alrededores.

Sin contar con la estructura organizada del GM, en la que hay gente organizando y controlando un gran número de procesos para que todo salga bien, en tiempo y forma; y siendo sólo 6, era de esperar que no todo saliera según lo planeado - bah, según nuestros planes. Casi perdemos todos los colectivos (incluso hemos estado parados en la ruta por desperfectos técnicos), hubo mucha comida que nos olvidamos de llevar y otro tanto que no tuvimos de comprar el el pueblo (llegamos un sábado al mediodía a un pueblo de Santiago del Estero, primordial la siesta), lo único que llegamos a buscar era agua; Dios sabía que era lo único que íbamos a necesitar.

A partir de ahí, todo fue regalo.

La gente, estando nosotros recién llegados, después de casi un día de viaje y siendo completos desconocidos para ellos, nos invitaba a quedarnos con ellos y se lamentaba de que no pudiéramos hacer cena con ellos. Ese primer día celebramos un bautismo, comimos cabrito con una familia que hacía mucho nos estaba esperando, bailamos chacarera y hubo fiesta, sin saber bien dónde estábamos, volvimos a la casa del Padre.

Al día siguiente, Juani tenía planeado para nosotros todo un cronograma, que respetamos sin hacer mucho caso de los horarios (no que nosotros - yo - no hubiéramos querido), salimos a caminar, conocimos unas cuantas familias, celebramos misa dos o tres veces, celebramos el día de la madre, más cabrito, más chacarera, más fiesta. Volvimos a la escuelita que nos servía de casa para ser conscientes por primera vez que no teníamos luz, simplemente porque no existe. En esa ausencia, qué regalo las estrellas.

El Lunes fue nuestro y lo usamos como mejor sabemos según el GM nos enseñó. Nos dividimos en grupitos, salimos a caminar y a conocer las familias, nos invitaron a almorzar (incluso nos “retaron” por llegar después de 12) y, luego, los invitamos a compartir la tarde con nosotros. Volvimos a la escuelita, tuvimos tiempo de conocer la siesta santiagueña, recibimos a la gente para compartir la tarde, y cerramos con una celebración todos juntos cuando el cielo se fue tornando rojizo y el lucero indicó que el día empezaba a terminar. Nos tomamos un tiempo para nosotros, ser conscientes de tanto regalo, agradecerlo, y empezar a soñar en hacer de El Valle un destino para el GM.

Esa fue la primera y única vez que cocinamos.

Después de un día que supimos considerar perfecto, en donde hubo tiempo para todo y disfrute en cada gesto, nos esperaba el último día, en el que nos despertamos con el amanecer para poder izar la bandera con los chicos del primario. Salimos a conocer algunas familias más y volvimos para el recreo donde compartimos con los chicos y los héroes del lugar: los docentes. Antes de almorzar todos juntos, nos regalaron la posibilidad de dar catequesis y en donde todos (si, nosotros también) nos sorprendimos de la simpleza de Aquel que, pidiéndolo todo, nació llorando en un pesebre (o en un chiquero como supimos resumir).

Esa noche, después de misa, todas las familias de este paraje y algunas de otros que fuimos visitando, se acercaron a compartir la cena que, como todas, fue acompañada de chacarera y fiesta. Lágrimas, abrazos largos, promesas y agradecimientos fueron acompañados por una suave brisa que a todos nos envolvía y nos fundía.

Cuánto regalo.

Hoy, estando de vuelta y mirando para atrás, reconocimos (pudimos ver y volvimos a conocer) a un Jesús que se hace chiquito, sensible y necesitado. Un Jesús que trabaja con lo que tiene cerca, con las manos curtidas y la piel morena. Un Jesús que hace nuevas todas las cosas y nos las regala. Un Jesús que es un chango moreno.

Santiago es un chango moreno.

Sebastián Vera

 

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