La Matanza, nombre fuerte quizás.

En emociones, sensaciones, en abundancia. Una escuela entre los verdes, entre pasto seco y árboles varios que abrigaban con su sombra y bailaban al ritmo del viento que anuncia un poco de agua. Una escuela que le faltaba, pero que alcanzaba y sobraba para recibirnos. Gente a la espera de unos desconocidos, brindándoles su tiempo para dar calidez.


Los días comenzaban temprano con el sol que nos saludaba grande, cálido y una helada de vez en cuando. Recargaba las energías y el espíritu para abrir el corazón y disponerlo para un nuevo día. Había algunas casas alrededor ¿unas 9, 8?, no lo sé, se caminaba lo necesario para llegar a donde sea que nos lleve Jesús. Las mesas se comparten, y las sobremesas se disfrutan.

Las tardes iban sumando sus participantes. Cada día éramos más para seguir brindándonos. ¿Las actividades? , un excusa para juntarnos y compartir la vida.
El cansancio se sentía, pero no se hacía queja.
Entre mates, charlas y risas los abrigos se iban apilando. No importaban las razones de cada uno, ni las preocupaciones, ni certezas, todo se ponía en común a la hora de la celebración que era adornada por el sol diciendo hasta mañana tiñendo el cielo de naranja y rojo.
Con Jesús de por medio y el amor como predominante, la comunidad de La Matanza nos iba haciendo parte. Lo lazos se iban formando a los largo de la semana, regándose gratuitamente con confianza y cariño.

Los días se repetían, cada uno traía un regalo nuevo: rostros, nombres, lágrimas, abrazos, perdones y gracias. La vida misma en todos sus colores iba sucediendo.
Cumplida la semana, toco guardar- despacito y sin romper, que mañana hay que volver-.
Llega el turno de volver a Buenos Aires con la certeza que vivimos al modo de Jesús. Ensanchando el corazón y confiando que mientras se le de el espacio adecuado y que poniendo todo en las manos de Dios, la experiencia nos hará florecer.

Sofi Maiorano